viernes, 28 de enero de 2011

Después de Piazza, New York Catcher

Te asomaste a la ventana cuando a poco retornaba
la incipiente luz que sale de mi piel.
Mis ojos no te brillaban, de los nervios se callaban
lo sabías, aunque no pudieras ver.
No planeé ni una palabra entre tanto que pensaba
y lamentaba al no saber qué hacer.
Te buscaba y te encontraba, me ocultaba, te cansabas
de esperarme, te aburrías, ya lo sé.

Rápido el tiempo pasaba, de bobadas yo te hablaba
y tu mirada me decía "entiéndeme".
Te entendía, lo sabía, yo quería, y no podía
ni mirarte los ojos, no sé por qué.
Caminamos, se hizo tarde, yo empecé a desesperarme
a cuestionarme, preguntarme cómo hacer
que me abraces y abrazarte, y despacito un beso darte
así guardarme un pedacito de tu miel.

No empecé, tú comenzaste, entre los juegos me tomaste
me miraste hasta que al fin supe qué hacer.
Me abrazaste, me besaste, con mi boca respiraste
y reclamaste lo que hasta ayer guardé.
Como antes me atrapaste, te alejaste, me olvidaste,
te apiadaste y me volviste a conocer.
Soy lo que ves, no lo invento, no soy un galán, lo siento
pero una canción al menos puedo hacer.

miércoles, 26 de enero de 2011

I

Encendió un cigarrillo contra el viento, como pudo, y con una mano en el bolsillo caminó cabizbaja ocultando sus ojos pequeños tras las gafas negras que había comprado en la calle un tiempo atrás, y que ahora todos tienen. Obligadamente, tratando de esquivar los tumultos de gente, miraba los puestos de artesanías compradas en la capital, revendidas al doble de su valor, y cada puesto repetía los mismos productos que el anterior, y en cada uno se agolpaban los niños buscando verse bien y mantenerse en el nivel deseado que se exige hoy. Por suerte la música en sus oídos no le permitía oír los abucheos del mar en contra de los niños, ni a los niños abucheando al mar. Pero cerca a un puesto de palomitas de maíz vio a un joven con una guitarra pintada cantando con los ojos cerrados y con un sombrero medio vacío en frente, en el suelo. Le llamó la atención y se quitó los audífonos para escuchar qué cantaba. Para su agrado era un tema que a ella le gustaba mucho, y esbozó una leve sonrisa. Se sentó en el pasto, mirándolo, y parecía que sólo estaba él y su voz, ni los abucheos, ni los niños, ni los puestos, ni los vendedores de juguetes chinos, ni los deportistas saltando en la arena, ni las gaviotas buscando peces. Empezó a recordar noches en su habitación, estando sola y pintando un cuadro con óleo, uno de los que nunca terminó, mientras esa canción le afirmaba la espalda, le sobaba los pies, y le acariciaba el pelo, silenciando las discusiones cotidianas de sus padres, en la cocina, y que terminaban con algún vaso roto, o algún portazo furioso. El muchacho se enteró de la interesada presencia de Magdalena, y se puso un poco nervioso, desafinó y no pudo seguir cantando con la misma emoción de antes. Ella se percató de aquello y abrió los ojos, y secándose una lágrima bajo las gafas miró al joven. Él sentía que algo le decían los pequeños ojos que no podía ver tras los anteojos, pero sabía que lo miraban. Terminó de cantar y ambos se quedaron mudos, inmóviles, sólo mirándose y respirando el aire que chocaba y se mezclaba entre los dos. Sintiéndose intimidado, el cantor tomó su sombrero, se guardó las pocas monedas que contenía, y caminó mirando el suelo, apurado, asustado, avergonzado. Magdalena lo siguió con la mirada, atónita, y sin entender por qué se iba tan desesperado. Recordó las frustrantes discusiones con su madre, y se vio encerrada en su pieza, recostada en su cama boca abajo, empapando la almohada de lágrimas y ahogando su llanto en el colchón, pensando en las oportunidades que ha dejado pasar hasta ahora, las decisiones que pensó pero que no tomó, por falta de fuerzas, por falta de voluntad, por falta de coraje.
Odiaba estar en su casa, en especial los días domingo, cuando su papá la despertaba apenas asomaba el sol y la vestía especialmente para ir a la misa. Detestaba encontrarse con esos lúgubres rostros contemplativos, y algunos hasta cubiertos con velos semitransparentes. No soportaba a las fanáticas señoras arrodilladas frente a una escultura de madera, sosteniendo un rosario firmemente en sus manos empuñadas, mientras murmuraban quién sabe qué con cara de lamento y humillación mirando fijo a los ojos duros, inmóviles y mudos de un Cristo de palo. La fe nunca le sirvió.
Se puso de pié y siguió lentamente al muchacho, procurando no perderlo de vista. Botó el cigarro al suelo sin haberlo terminado. Sólo quería saber su nombre. Lo siguió hasta el paradero, y a unos cuantos metros de distancia se reencontraron. Él la miró un poco incómodo, como con miedo, y ella se quitó los lentes oscuros, dando a conocer los pequeños globos que tan sólo buscaron un poco de paz en la voz del joven. De pronto un bus se detuvo frente a la parada, y el tumulto de gente se llevó al cantor. Magdalena quedó serena mirando el bus que se alejaba de sus ojos, con la esperanza de volver a ver al joven cantautor y escuchar su melancólica voz.

miércoles, 19 de enero de 2011

Voy a escribir un cuento.
Para retomar.

lunes, 17 de enero de 2011

Descripción

El gato ahora ronronea en mis piernas y se le caen los párpados cuando intenta mirarme verdosamente mientras hablamos de canciones buenas y canciones malas y blogs y ahora sueños y almas.
Nunca he podido desdoblarme. Pero creo que una vez tuve un sueño lúcido. Iba volando como por una cuadra, y luego volvía como a un cajero automático, y programaba la altura y esas cosas, y me molestaron los cables de la calle, y no sé qué pasó.
Lo que no te dije era que me gustaría ser scout sólo por conocer más gente. Aunque sería más interesante conocer gente tocando guitarra en la calle. Me falta gente. Me falta calle.
Y no soy bueno para ver películas, y quiero estudiar cine. No sé nada de cine. Pero me las arreglo diciendo que prefiero partir de cero, como ultra original, casi sin ninguna influencia para crear mejores cosas, digo yo, pero no me creo.
Lo malo es que odio a las cuicas, y a las que se creen cuicas, y se sacan fotos con el cuello torcido y haciendo paz con los deditos blanquitos y las uñas limaditas.
Mentira. Hace un rato pensaba por qué hay gente tan buena onda, tan interesante, con la que podría ser super amigo, y que vive tan lejos.
Mejor.
El gato ya se fue, y también está haciendo frío. Nadie se queda conmigo, cuando creo que se siente bien aquí, yo me sentía bien, y se fue. Me suele pasar y no entender nada.
Preferí reirte a tí y olvidarme irónicamente de la que fue mi amiga y me quiso a su modo.
Ahora mis piernas tienen frío.
Deberíamos dormir y capear el frío.
Adiós.
Un gusto.

lunes, 3 de enero de 2011

Viðrar vel til loftárása

Fue en el momento perfecto, y el momento fue perfecto; justo cuando las sombras me venían a buscar y me saludaban con sus voces de pito detrás de la nuca, entre la almohada y el aire. El piano se iba acercando poco a poco, como tímidamente, como haciendo el momento mucho más suave, mucho más excitante, más eufórico, más calmo, y empezó a entrar lentamente entre sombras que iban despejándose, entre ramas que yo iba corriendo con el brazo, y entre insectos que espantaba con la mano. Entonces estaba entre montículos verdosos y suaves, bajo el cielo casi sin nubes, pero que parecía reventar en miles de gotas de agua, y yo como que me ocultaba entre los árboles, arbustos, y quebradas. El cuerpo me pesaba y los ojos los volteaba para arriba, las manos las llevaba pegadas al pecho, los pies cruzados, y se me iban levantando. A un costado del camino había un bosque, y yo corría por el camino, desnudo, solo corría. Y seguí corriendo mirando el bosque.