Daniel untó la yema del índice con la gota que caía del lavamanos; la miró, se entusiasmó y salió al patio. Tocó la tierra y creció un jardín, le dio de beber a su perro, regó el parque de su ciudad, llenó tambores en los campamentos, con el dedo húmedo se refrescó. Generó electricidad para un pueblo, subió a la montaña y regó hectáreas de lechuga. Lavó el pelo de indigentes, y humectó los rostros de ancianos arrugados.
Su dedo aún no secaba, y vio nacer miles de niños, a cientos de familias bañándose en las playas viñamarinas. Vio una pareja de osos polares jugueteando en un glaciar, y escuchó los chapuzones de las colas cetáceas.
La gota ahora le alcanzaba para un plato de cazuela que lo compartió con una comunidad africana. Cruzó el Atlántico y volvió a su casa. Con lo poco de agua que le restaba en el dedo, se dio un baño y se durmió.
Soñó con millones de personas calvas, viviendo en carpas sobre tierras resecas y partidas. Soñó con los polos derretidos y con su ciudad sumergida.
Despertó, fue al lavamanos y descubrió que ya no caía ni una sola gota.
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