Daniel untó la yema del índice con la gota que caía del lavamanos; la miró, se entusiasmó y salió al patio. Tocó la tierra y creció un jardín, le dio de beber a su perro, regó el parque de su ciudad, llenó tambores en los campamentos, con el dedo húmedo se refrescó. Generó electricidad para un pueblo, subió a la montaña y regó hectáreas de lechuga. Lavó el pelo de indigentes, y humectó los rostros de ancianos arrugados.
Su dedo aún no secaba, y vio nacer miles de niños, a cientos de familias bañándose en las playas viñamarinas. Vio una pareja de osos polares jugueteando en un glaciar, y escuchó los chapuzones de las colas cetáceas.
La gota ahora le alcanzaba para un plato de cazuela que lo compartió con una comunidad africana. Cruzó el Atlántico y volvió a su casa. Con lo poco de agua que le restaba en el dedo, se dio un baño y se durmió.
Soñó con millones de personas calvas, viviendo en carpas sobre tierras resecas y partidas. Soñó con los polos derretidos y con su ciudad sumergida.
Despertó, fue al lavamanos y descubrió que ya no caía ni una sola gota.
sábado, 30 de octubre de 2010
lunes, 11 de octubre de 2010
Anoche. O esta noche.
En las paredes rojas no hay muchas cosas: algunos dibujos, mi papá, yo, unos músicos con guitarras, unos cabezas tiesas, una postal, un pañuelo, un sombrero, y unos bolsos. Mis piés están atrapados en calcetas gruesas de algodón pelusiento y peludo, bajo el cobertor de lana colorida y pesada, dibujando un túnel, o un espiral cuadrado con un fondo azul, como el mar, o como el cielo.
Sobre el cobertor hay un gato amarillento langüeteándose las patas blancas, y que me mira al golpear el portaminas en mis labios, con ojos profundos y brillantes, como llorosos, pero calmos, como de gato.
Un zancudo bullicioso empezó a buscar la luz de la ampolleta pequeña de la lámpara en el escritorio. El gato se alerta y lo empieza a seguir. El bicho por las persianas blancas, por el cielo blanco, en los dibujos chillones, en los posters cinéfilos, en las paredes rojas. El gato desde el suelo queriendo pillarlo, subiendo el mueble de la ropa, apoyando sus patas langüeteadas en la repisa. Me asusté. Pensé que caerían los parlantes viejos, la Polaroid mala, los cuadros y el panda que me regaló mi abuela, hace mucho, mucho tiempo.
Cuando vi al zancudo recordé a mi amigo, el pintor, el poeta, el fumador, el pop, el experimental-ambiental-surreal, el culto, el flojo, el violinista desechado, el flaco narigón, el onírico, el todo oídos, el eterno luchador por una noche sin zancudos. En su nombre quise tomar el piyama y matar al insecto, pero recordé que me lo tendría que poner, y me arrepentí. Tomé un bolso azul de jean colgado de la pared roja y atonté de un golpe al zancudo que zigzageaba cerca de la lámpara pequeña con una pantalla gigante color rosa. Atontado cayó bajo el mueble café rayado y descascarado de la ropa, para no salir más.
El gato aún lo buscaba con sus ojos redondos, profundos y brillantes, pero esta vez tendía que perder. Le costó enfrentar la realidad y volver al espiral, aún atento por si volvía a aparecer el bicho.
Con un dolor de brazo me puse a pensar en lo que quería escribir en un principio: sombras, risas y llantos en papeles. Pero llegó el zancudo a arruinar la noche, o la noche de ayer, o la del mes pasado, o la de mañana, aunque nunca hubiese existido ni existirá zancudo alguno atentando mi portaminas.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)