viernes, 18 de junio de 2010

Viento I

Sumergí la cabeza en el agua fría después de mirarme largamente en el espejo. Abrí los ojos y todo era negro en el fondo del mar, lejano y silencioso, siniestro. Una sirena me llamaba a lo lejos, le distinguí sus perlas blancas, su pelo rojizo y su tez pálida. Parecía muy joven y dulce mientras movía sus cabellos y hacía burbujas que reventaban en las rocas submarinas bañadas de algas. Pensé mucho en acercarme, y cuando lo decidí, no pude ni moverme. Escuchaba campanas, silbidos lejanos desde la superficie, quizás alguien me estaría llamando. Pero, ¿qué importaba ya? Seguí mirando a la dulce sirena blanca, pero la perdí, se escabulló entre los peces anaranjados y las algas rebeldes que se mezclaron con su pelo. Simplemente perdí mi oportunidad. Al fin saqué la cabeza del lavamanos y volví a mirarme en el espejo. Vi mi rostro desfigurado tras las gotas que caían del vidrio, y al fondo oía los gritos de mis padres que aún discutían. Les resulta tan fácil hallar un solo motivo de disputa. Me sequé la cara y salí del baño. Ambos me miraron atónitos, casi con una expresión de asco. No quise decir nada, sólo bajé la mirada y caminé hasta mi habitación. ¿Seré yo el culpable de tanto alboroto entre ellos, acaso? A veces, cuando miro al techo, sinceramente, siento que lo soy, y que no cumplo con sus expectativas, que no somos felices, ninguno en la familia.
Tomé mi chaqueta y mi gorro y salí a la calle. El cielo estaba nublado, y caían unas cuantas gotas tímidas de él. Me quedé parado en la puerta de mi casa, mirando a la calle, y pensando a dónde ir. No pude decidirme, así es que comencé a caminar por en medio del pasaje. De pronto un pequeño dragón voló por sobre mí, seguido por otro un tanto más grande. Los seguí con la mirada, pero se perdieron tras el cerro que se erguía las espaldas de mi casa. Decidí ir en busca de ellos, y tal vez cazar uno, no sé para qué, pero creo que sería lindo tener un dragón en casa, llevarlo al colegio, asustar a los micreros malhumorados, o que me llevara volando a cualquier parte que quisiera. Me encaminé a paso rápido, no vaya a ser el caso que los haya perdido para siempre, o quizás se hayan matado entre ellos, o uno mató al otro y luego se lo devoró, o tan sólo estaban jugando y ahora ya estarían en su hogar, con su familia, felizmente. La chaqueta me pesaba cuando subía el cerro árido, y las piernas me temblaban y resbalaban por la tierra suelta. Los busqué entre las ramas de unos árboles, tras unas rocas que decían “Dios es Amor”, entre el pequeño arroyo que se asomaba desde los matorrales espinosos, pero nada, ningún rastro. Seguí subiendo el cerro, casi a punto de llegar a una nube negra que amenazaba con liberar las miles de gotas recluidas en ella. Al fin llegué a una pequeña casita de madera, y alrededor pastaban unas ovejas negras y blancas. Unas gotas cayeron en mi nariz, y supuse que mi gorro estaría empapado. Me sequé la chasquilla tímida que se me asomaba en la frente y me acerqué a la pequeña y vieja casa que parecía abandonada. La puerta estaba entreabierta, así es que resolví entrar.
-¡Hola!
Había una mesa de madera, cuadrada y sucia, con un florero al centro. En el jarrón había un par de flores resecas y una carta. La tomé y miré a mí alrededor. En la casa no había más habitaciones, era muy estrecha y fría; además de la mesa, sólo había un par de sillas, una pequeña cocina y una llave de la cual caían gotas de repente. Abrí la carta amarillenta y tiesa. Soplé el polvo que cubría las raras palabras que contenía y leí:

“El viento decidió, ya, querido, ¿qué podemos hacer? Nada. Lo siento, pero la vida al parecer sí está predestinada. Debes seguir mirando al cielo, querido, debes respirar el aire que hoy me lleva. Tal vez nos podamos encontrar en algún lejano lugar, si el viento te trae conmigo. Nada podemos hacer en su contra, nada serviría, ni la más fuerte de las religiones, ni ninguna fe, ningún dios. No somos libres, corazón, dependemos del viento.
Del Viento y tuya. Siempre”

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