Otro de los sueños que aún recuerdo. Nunca me han gustado las monjas.
Por el patio venian, iban a entrar por la cocina. Era la casa de mi abuela, la antigua casa. Corrí asustado gritando -¡Las monjas! ¡las monjas!- Y me refugié bajo la mesa del comedor. El ambiente era verde, como las paredes. Estaban mis tres primos y mi hermana, y toda mi familia. Bajo la mesa lograba ver los cubiertos piés de las monjas. Eran más de 10, de seguro, que entraron solemnemente caminando hasta la habitación de mi abuela.
En la casa nadie se inmutaba, era como si todos hubiesen estado esperando la visita de estas religiosas. Estaban todos y todas en la habitación, verde. Entré asustado y desesperado, y las vi a todas sentadas al rededor, en sillas, en silencio, como si estuviesen rezando. Me acerqué cuidadosamente a una de ellas; bajo el velo aparecía un oscuro "rostro", sin ojos, ni nariz, ni boca, sin rostro. Recuerdo a una monja que se recostó sobre la cama, y luego a mis primos y hermana recostándose a su lado, cariñosamente. -¡No! ¡Las monjas son malas! ¡Son malvadas!- exclamé. -No son malas, Joseph. Ven.- me respondió alguién que no recuerdo. -¡Las monjas son malas! ¡Bájense de la cama, chiquillos!-
Sí, las monjas son malas, y antes de serlo eran prostitutas, al menos así me dijo Marjane Satrapi.
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