Qué tristes, pero bellas palabras dirigidas al misterioso hombre, al parecer habitante de aquella casa. Volví a colocar la carta en su lugar y salí de allí. Rodeé la casa buscando al hombre, pero sólo había ovejas. Me detuve y contemplé el cielo grisáceo y las nubes que atentaban con caer al mar. De pronto pude oír el suave sonido de una guitarra, me di vuelta buscando su procedencia, y vi, bajo un gran y frondoso árbol, a un viejo de cabelleras blancas. Me acerqué y le saludé:
-Buen día
Sólo tocaba su guitarra de palo, arpegiando una dulce melodía, mientras miraba perdidamente al horizonte.
-Buen día- le repetí, pero ni se inmutaba.
Empecé a observar el árbol: sus ramas eran extensas y de ellas brotaban centenares de hojas verdes y nidos de pájaros. Era viejo y con una corteza muy reseca. Di una vuelta completa alrededor de él y volví al hombre que seguía sentado con su guitarra entre los brazos. Apenas pestañeaba, lograba sentir su suave y lenta respiración.
-Señor, ¿usted vive en aquella casa?- le pregunté. Pero no respondió y seguía mirando al horizonte. Me acerqué más a su rostro, me hinqué de frente a él y comencé a observarlo. Su piel estaba agrietada y quemada por el sol, sus ojos eran vidriosos y verdes. Al instante descubrí algo muy extraño: su cintura estaba rodeada por una rama del viejo árbol que lo protegía de la lluvia, como si fuesen uno sólo. Atónito le toqué el hombro y lo remecí levemente, diciéndole:
-Señor, por favor, respóndame, ¿está usted bien?
Repentinamente dejó de tocar la guitarra y me miró rápidamente. Me asusté un poco, retirando mi mano de su hombro y alejándome de él un par de centímetros. Nos miramos fijamente unos cuantos segundos y al fin le pregunté:
-¿Usted vive en aquella casa? Ando buscando un par de dragones que vi hace un rato, ¿los habrá visto, por casualidad?
-¿Para qué quieres a los dragones?- al fin me respondió.
-Pues, para cazar alguno.
-Los dragones son más fuertes que el viento. Déjalos en paz.
Medité un poco su respuesta, y la asocié con aquella extraña carta amarillenta que encontré en el florero de la casa.
-¿Por qué está atado a este árbol?- le pregunté.
-No quiero que el viento me lleve. Aquí estoy bien y no necesito otra libertad que la que me entregan este árbol, mi guitarra, mis ovejas y el cielo inmenso. Mira. Sólo mira un instante esas nubes preciosas que nos visitan hoy. ¿Por qué querría yo irme de este lugar, que me ha dado la vida y la felicidad que todo hombre siempre busca?, ¿por qué dejar a mis ovejas solas, aquí, desamparadas?, ¿a quién abrazará este árbol?, ¿y quién abrazará esta guitarra, sino yo? Sólo mira, muchacho, y aprende a ver lo que hay detrás de tus ojos. Esto, hoy, aquí es lo más hermoso, y es porque yo lo he hecho, yo soy el Dios aquí, yo todo lo puedo, porque soy feliz. No necesito más, ni a nadie. El viento no me llevará de aquí; no dejará solos a estos bellos elementos que acompaño.
Me quedé observándolo sin saber qué decir. Me di cuenta de nuestra diferencia: él quería permanecer donde estaba, prácticamente aprisionado, no quería que el viento lo llevase quién sabe dónde. Mientras que yo, desesperado por escapar de mi realidad, ¿qué daría por dejarme volar con el viento, y quizás llegar donde los dragones que buscaba? Pero, ¿podría, siquiera, controlar mi vuelo? Qué importa eso, sería lindo de todos modos.
Luego de pensar y concluir que el viejo tenía sus razones para pensar lo que quería, me di media vuelta y miré el cielo; aún caían unas pocas gotas de las nubes grises. De pronto el viento empezó a soplar con fuerza, y el viejo empezó a gritar a mis espaldas.
-¡No! ¡Muchacho, protégete, que no te lleve!- y se aferraba al grueso tronco del árbol. -¡Afírmate!-
Lo miré y no entendí su actitud. Es más, me causó rechazo y un cierto repudio. Viejo tonto, pobre prisionero de su vida perfecta, perfectamente solitaria. Volví la vista al cielo y vi, al fin, a los dos dragones que se perseguían en sentido contrario al viento que seguía soplando. Entonces corrí. Corrí tan rápido como pude bajando el cerro tras los dragones, y empecé a saltar, a dar amplias zancadas hasta que pude elevarme. Mis pies ya no tocaban la tierra suelta del cerro, pataleaba inútilmente en el aire, mientras me iba elevando más alto. Logré escuchar el último grito desesperado del viejo en el árbol, ya lejano, pero no quise ponerle mayor atención, ¿cómo podía, si el viento me iba llevando, por fin?, ¿para qué seguir escuchando más si el viento al fin me tomaba y yo me dejaba caer en sus brazos plácidamente? Cerré los ojos y respiré profundo. Luego me dormí.
fin.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
puntopuntopunto (léase "...")
desesperadamente inquieto por la ausencia de alguna respuesta satisfactoriamente comprensible y alguna solución efectiva a mi enfermedad mental que sé que tengo escondida muy a flor de piel la muy estúpida y que todos saben que perezco por mis propias penas injustificables aunque puede que sean justificables pero no quiero culpar a nadie cuando sé que la culpa es mia o de mi estúpida enfermedad mental que sé que tengo por aquí en mi cabeza enferma necesito buscar una solución rápida antes que la comodidad me MATE. (punto)
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